Arnaldo Córdova: hombre de ideas, pasiones, libros

Este artículo apareció en el número 6, en agosto de 2014, de la revista De Largo Aliento

La biblioteca de Arnaldo Córdova era –es— enorme, profusa, generosa, desbordada, como bien sabía Borges que deben ser las grandes bibliotecas. Ese era su lugar de reflexión y trabajo –actividades, ambas, que en ese maestro de multitud de generaciones iban inevitablemente una con la otra–. La tarea de Córdova fue pensar al país, desde su historia pero con una inquietud constante por el futuro. Junto a esos libros fraguó sus consideraciones más destacadas, comenzando por aquella distinción ya clásica que entendió a la revolución mexicana como una revolución política que renovó a las élites gobernantes pero sin una revolución social capaz de reivindicar el interés de las masas populares.

Las fuentes de aquella reflexión se encontraban en esa biblioteca que colmaba las paredes de la casa de Córdova en Magisterio Nacional, en Tlalpan. No había que esforzarse para encontrar los textos de Justo Sierra, Emilio Rabasa, José C. Valadés, Jesús Sotelo Inclán y por supuesto Andrés Molina Enríquez que nutrieron, entre muchos otros, aquella Ideología de la Revolución Mexicana que modificó las maneras de entender la historia de los inicios del Siglo XX mexicano.

Arnaldo Córdova era un fanático de la palabra impresa. Su colección bibliográfica la construyó en una hazaña de varias décadas hurgando en librerías de viejo con porfiada obsesión. En ella, reunía publicaciones y documentos de la historia de nuestro país, junto con los resúmenes de las indagaciones hemerográficas que le hacían sus alumnos.

Durante un tiempo al menos, Arnaldo era conocido –más bien temido—entre los estudiantes del Posgrado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales por dos motivos. El primero, era la obligación de leer de cabo a rabo los libros de Kant, Hegel, Constant, Rousseau, Humboldt y por supuesto Maquiavelo, que constituyeron el pensamiento político moderno.

La discusión de esos textos clásicos en su seminario de teoría política era un privilegiado ejercicio de inteligencia y erudición. Pero tenía un costo: los alumnos debían revisar periódicos y revistas que a él le permitían documentar su indagación de la historia de México y que para los estudiantes eran forzoso entrenamiento en técnicas de investigación documental. Las fichas que el profesor Córdova solicitaba, eran una pesadilla para sus estudiantes. No les pedía docenas o centenares sino miles de ellas. “Fulano, me debes seis mil fichas” les decía cuando estaba por terminar el semestre y esa era una aduana infranqueable.

Menos para mí. Tengo el modesto orgullo de haber cursado, a fines de los años 70, varios semestres en el seminario del doctor Córdova sin haberle hecho jamás una sola ficha. Nunca entendí bien a bien por qué toleró aquella rebeldía pero desde el primer momento le dije que no cumpliría con ese requisito al que accedían todos sus alumnos. “Está bien, cabrón”, me replicó, “pero tienes que hacer todas las lecturas”. Por supuesto así fue y siempre he agradecido aquellas sesiones en su seminario.

Había conocido a Arnaldo desde que fue célebre su examen doctoral, el primero que hubo en el Posgrado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Fue a comienzos de 1973 y en aquella comunidad tan pequeña que los prestigios se extendían tan fácil como las desavenencias, ese fue un memorable acontecimiento académico. El Salón Uno, que era el recinto más grande en las pequeñas instalaciones que tenía entonces la FCPyS, estaba tan repleto que muchos se quedaron sin poder entrar. Por varias horas el inmimente doctor defendió su tesis sobre la revolución política y no social ante un jurado en el que participaban, si no me equivoco, Luis Villoro, Francisco López Cámara, Elí de Gortari y Adolfo Sánchez Vázquez. La de esos años era una Universidad en donde se discutía con intensidad y con razones. Discrepancia e inteligencia iban de la mano y no se veía mal el ánimo para debatir. Me temo que hoy en día no se puede decir lo mismo de nuestras universidades públicas.

Al día siguiente de aquel examen la tesis doctoral de Córdova, convertida en libro, ya estaba en librerías. Editorial Era tuvo que esperar a la realización del examen para distribuir el desde entonces cardinal volumen de portada color magenta de La ideología de la Revolución Mexicana. Un año antes la misma editorial había publicado el breve y también fundamental La formación del poder político en México que propuso definiciones entonces novedosas, y ahora quizá discutibles, de conceptos como nacionalismo, populismo, reformas. En 1974 apareció La política de masas del cardenismo que explica el sexenio del general con abundante documentación pero atribuyéndole a Cárdenas una capacidad casi providencial en la organización social que se extendió en los años 30.

En tres años, antes de cumplir 40, Arnaldo había publicado tres libros esenciales para comprender al país. Junto con ellos, había contribuido a entender las concepciones más renovadoras en la ciencia política gracias a la cercanía que tuvo con estudiosos italianos como Umberto Cerroni. No sé en qué medida el éxito de aquellos libros opacó sus trabajos posteriores. La Revolución en crisis. La aventura del maximato que Cal y arena publicó en 1995, es una obra tan extensa y documentada y a mi juicio tan importante como La ideología… pero no tuvo el éxito de aquella. El mismo Arnaldo, en esos años era más conocido por su actividad política y periodística que por sus libros académicos.

En 1982 fue diputado federal por el PSUM. Sus intervenciones en tribuna eran tan elegantes como su vestimenta. De allí, siguió en las sucesivas recomposiciones de la izquierda en el PMS, el PRD y en el movimiento de Andrés Manuel López Obrador. En las más recientes de esas aventuras ya no concidimos. Discrepé, mucho, respecto de posiciones con las que él se comprometió intensamente.

En los últimos años, cuando nos encontrábamos en el Instituto de Investigaciones Sociales, nuestro centro de trabajo, o en reuniones de amigos, charlamos sobre otros temas. Su talante rudo, que a menudo anteponía sentencias categóricas por encima de la conversación amistosa o intelectual, ahuyentaba a no pocos de quienes lo estimaban. En lo personal jamás padecí ningún comportamiento altisonante de su parte. Al contrario. Creo que no exagero si digo que siempre nos vimos con afecto mutuo.

Cuando me casé, hace más de un cuarto de siglo, el de Arnaldo fue el regalo de bodas más singular. Él y la querida Annapaola nos dieron a Patricia y a mí una edición facsimilar, en varios tomos, del Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España, de Alejandro de Humboldt. No era un obsequio precisamente habitual. Arnaldo, en su lucidez intelectual y sus apasionamientos políticos, tampoco era un hombre común.

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